Facebook Jueves, 25 diciembre 2014

El amor al panetón es un amor irracional, pero es un gran amor

Foto: hazteoir

Foto: hazteoir

Escribe Carlos León Moya

Por supuesto, comer panetón y tomar chocolate caliente en pleno verano es irracional.

El panetón mismo es irracional: pura masa, puro dulce, la más rápida y empalagosa vía al sobrepeso. Ningún otro país de la región come ese bodoque, nadie más en Sudamérica se lo empuja a Navidad, ningún país de América Latina consume cerca de VEINTE MIL TONELADAS de panetón por año. Solo nosotros.

Y sin embargo, el panetón es amor. Ha estado presente en todas mis navidades. Desde niño, cuando entre apagones le sacaba la fruta confitada. Luego ya más grande, cuando empecé a untarle mantequilla mientras recibía mis últimos regalos infantiles con El Santo Cachón de fondo. Cómo olvidar el insano placer de mis primeros días: remojar su masita amarilla en el chocolate caliente, ver cómo se estiraba el panetoncito dentro de la taza, sacarlo empapadito y meterle diente atolondrado y feliz.

Hoy noté lo mucho que quiero al panetón: en la madrugada comía pedacitos cortados que tenía en un recipiente, como si fuese la canchita que pico en una cebichería. En la mañana, a medio desayuno, maldije mil veces a mi nutricionista y huaquié los restos de un panetón Donofrio. En unos minutos, tomaré chocolate caliente a pesar de la temperatura, y poco después veré con ternura a mi pedacito de panetón.

Y es que la Navidad es amor, al panetón. Es como amar a la raíz de menos uno: un amor irracional.

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