Facebook Viernes, 13 marzo 2015

Si Castañeda borra murales es porque sabe que la mayoría de limeños no tiene problemas con eso

Je je je Foto: La República

Je je je Foto: La República

escribe Jose Carlos Yrigoyen en su Facebook:

1. Hoy, camino al trabajo, escuché parte del programa de Phillip Butters en Radio Capital. El tema del día era la decisión de Castañeda de borrar todos los murales del centro de Lima. Los oyentes que llamaban a dar su opinión, en su aplastante mayoría, coincidían en que estaba bien que esos murales fueran cubiertos de pintura amarilla porque esa medida “ordenaba” y “volvía homogéneos” los muros públicos de la ciudad.

2. Ordenar, homogeneizar: esas palabras son claves para entender la forma de ser del peruano y, de paso, del limeño de hoy. Son los mismos conceptos por los que una aplastante mayoría de compatriotas rechaza la Unión Civil: todo debe ser regulado por el orden imperante, por el statu quo; todo debe ser homogéneo, dentro de la normalidad, no deben existir transgresiones ni digresiones a la norma. Y si existe algo que escape a esa normalidad, a ese deseado mundo homogéneo, pues se le oculta, se le borra, se le niega. Como los murales. Como los que no son heterosexuales. Los peruanos exigen a sus autoridades que no reconozca la existencia de lo que no es parte de la regla, de lo establecido, de lo normal.

3. Leo que muchos de mis contactos de Facebook rechazan la eliminación de los murales alegando que ese es un crimen de lesa cultura, que atenta contra el derecho de los ciudadanos a convivir con el arte y argumentos similares con los que estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, los que sostenemos todo eso somos una ínfima minoría. (No digo que por ello nuestra posición sea inválida, no quiero esgrimir una vulgar falacia ad populum: solo digo que así es). Si Castañeda anuncia muy suelto de huesos que borrará todos los murales de Lima es porque sabe bien que una enorme mayoría de limeños no tiene problemas con que esos murales desaparezcan; es más, está de acuerdo porque esos murales no sirven, no alimentan, no son obras utilitarias, van en contra del espíritu pragmático que el peruano ensalza y exige desde la época de Fujimori.

4. El peruano mira con total desconfianza al sociólogo, al escritor, al pintor, al poeta o a cualquier artista o intelectual. Está convencido de que lo que hacen no tiene ningún valor o utilidad, que los que ejercen esos oficios son unos vagos, que el hecho de dedicarse al arte, al pensamiento o a la reflexión no tiene mayor importancia frente a la acción y al cemento. Lo dijo Butters hoy: “Villarán creía que hacer cultura era darle empleo a poetisas, bailarines o muralistas”. Lo mismo, exactamente, me dijo un taxista el año pasado, antes de las elecciones, y estoy convencido de que es la impresión mayoritaria del noventa y pico de los peruanos. Ve al intelectual o al artista como algo lejano a su realidad, y en el fondo no se equivoca: la gran mayoría de intelectuales peruanos de hoy es incapaz de crear liderazgos, de hacer un genuino esfuerzo por entender a la gente de a pie. La interpreta según sus conveniencias ideológicas o de cualquier otro tipo, intenta un acercamiento a la realidad mediante ellas e irremediablemente fracasa. El peruano no valora al intelectual desde hace muchos años: no por nada un desconocido rector y conductor de un programa emitido a las seis de la mañana venció con holgura a nuestro máximo intelectual, Mario Vargas Llosa, en las elecciones de 1990. Solo ese hecho debió hacer reflexionar al intelectual y al escritor peruano sobre su verdadera influencia social. Un cuarto de siglo después, sigue encerrado en su mundo, aislado de la realidad y reacio a comprenderla más allá de sus convicciones. Los resultados los podemos ver todos.

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