Facebook , feis , redes sociales Domingo, 20 diciembre 2015

«Somos un país donde un oficial que está ante un peligro inminente para su vida no puede actuar para defenderse»

poli

Foto: Captura de TV.

Escribe: José Carlos Yrigoyen

Recuerdo que en un viaje de una semana que hice a Chile, hace algunos años, pude darme cuenta del respeto que le tenía la ciudadanía de ese país a sus fuerzas policiales. Una mañana caminaba por Santiago y vi a unos niños que se acercaban a los carabineros para saludarlos con simpatía y cierta admiración; los agentes respondieron al saludo con una sonrisa y suma empatía. Un par de noches después salí con un par de poetas locales; uno de ellos sacó un trago para tomarlo en la calle. De lejos vi las luces de un patrullero, y se los advertí. Los dos guardaron sus botellas en las casacas con temor sincero. Ninguna de esas escenas las había visto en Lima. Comprendí que allá la policía era una fuerza de orden que gozaba de un respeto y consideración social sumamente alta; que ganaban un sueldo que les permitía hacer carrera sin tener que recurrir a cachuelos ni sobornos, y que los que la integraban sentían que el uniforme que llevaban estaba revestido de una historia, una dignidad y un poder que les permitía llevarlo con orgullo.

Nada de eso sucede en el Perú. El policía es visto como un agente maltratado por el mismo Estado que debe garantizarle alguna autoridad; un hombre que gana un sueldo de hambre que lo denigra, por el que debe recurrir a trabajos complementarios que no son los que un policía debe hacer; un profesional que ha perdido su papel de agente del orden y de la seguridad y que para la opinión pública, gracias a lo que observa en los medios, es un corrupto que asalta bancos, detiene autos para cobrar coimas, es colaborador del narcotráfico y un irresponsable que bebe a la hora de servicio. ¿Quién puede tener respeto a una persona que arrastra tantos vicios y actos reprobables? Hemos llegado al punto de que un policía que devuelve una billetera o que no cobra coimas a pesar de los ofrecimientos es noticia, excepción a la regla, insólita anomalía que se debe registrar.

Lo que hizo esa mujer que atacó a un suboficial es absolutamente reprobable, pero debería cuestionarnos a todos y no solo a ella. En otros países ese hecho es impensable, y ya no hablo de Estados Unidos sino de otros mucho más cercanos. Somos un país donde basta que un policía esté desarmado para que una turba pueda vejarlo, como ha pasado tantas veces en los últimos años. Donde un oficial que está ante un peligro inminente para su vida no puede actuar para defenderse porque le caen encima las más duras sanciones penales y sociales.

poli2

Foto: Andina.

 

Recuerdo el caso de Fidel Flores. Su asesinato fue injustificado e innecesario. Pero que un hombre, por mucha razón que tenga en su reclamo, le emprenda con piedras y bombas molotov contra la policía es también un acto absurdo y ante el que se tiene que esperar una respuesta (en este caso, desproporcionada). Grafica muy bien la absoluta falta de respeto que existe entre el ciudadano y el policía, representante del orden, pero también del Estado. La relación de la ciudadanía con el Estado es esa: la conciencia de estar gobernados por un ente cuya autoridad más próxima se puede corromper con absoluta autoridad, que puede ser atacado con la misma violencia e injusticia que ese Estado permite.

En el caso de Silvana Buscaglia, tenemos la certeza de que sus supuestos privilegios económicos y de clase la hicieron reaccionar así; en el caso de Flores, fue el despojo del que se sentía víctima por parte del Estado que lo desamparó, lo que produjo su resistencia quizá legítima, pero a la vez sin sentido. Todo se reduce a eso: a la injusticia. Somos más prósperos que antes, quizá, pero igual de injustos como éramos durante nuestras crisis. Quizá sea por eso este desarrollo incompleto, vacío, precario.

Secured By miniOrange