Facebook , feis , noticias Viernes, 15 julio 2016

«Buenos días, soy el coronel Leoncio Prado. Por favor, levanta tu carabina, ponla aquí en mi frente y dispárame»

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Escolares recreando el fusilamiento del coronel Leoncio Prado. Foto: pagina3.pe

Escribe: Gastón Gaviola del Rio

Buenos días, soy el coronel Leoncio Prado. Por favor, levanta tu carabina, ponla aquí en mi frente y dispárame.

Habían pasado 3 días desde que una granada le dejara destrozada la pierna izquierda, con astillas de hueso saliendo entre la carne agusanada que ya tenia el olor dulzón, inconfundible, de la gangrena. El hijo bastardo del presidente Mariano Ignacio Prado era el Jefe del Estado Mayor del Ejército del Norte y estuvo con el coronel Andrés A. Cáceres durante el desastre de Huamachuco del 10 de julio.

Consumada la derrota, con las fuerzas nacionales aplastadas -poco pudieron hacer fusiles sin balas y sin bayonetas contra una carga frontal de infantería, que los desbandó tras 6 horas de pelea- el héroe de la independencia de Cuba era evacuado en los lomos de la misma mula que debía arrastrar uno de los once cañones peruanos que quedaban abandonados en el campo, como trofeo del enemigo victorioso. Al menos tuvo oportunidad de escapar. Los jefes de los batallones Jauja, Pisagua, Huallaga y del bravo Zepita, yacían muertos en el mismo campo de batalla y allí se quedarían durante meses, pudriéndose.

Igual y les fue mejor que a los desgraciados a quienes acuchillaban las tropas chilenas durante el repase a los heridos. Todos eran ultimados allí mismo donde se les encontraba, degollados a tajo de corvo para ahorrar balas. La cacería de heridos ordenada por el coronel Alejandro Gorostiaga era implacable. Ni un cholo vivo. A su entender, eran tropas irregulares, guerrilleros y montoneros a quienes no debían afectar las leyes de la Guerra.

En esas estaba una partida de 25 soldados comandada por el teniente Antonio Fuenzalida estaba cruzando la laguna de Chunguyo y por poco no se cruzaron por el sacerdote que envió Cáceres a darle los santos óleos al oficial herido. Estaban por abandonar las faldas de los cerros del pueblo, cuando un quejido hizo que uno de los infantes asome la cabeza al interior de una Cueva, cuya entrada estaba disimulada con un árbol arrancado.

El propio Fuenzalida cuenta en sus memorias cómo fue el encuentro: “Efectivamente, mi artillero tenía a su frente, bajo una ramita, lo que los soldados llaman un torito, recostado en el suelo, sobre un cuero de oveja y una manta, a un hombre moreno, la nariz perfilada; de pelo negro y muy crespo y que usaba bigote y una insignificante pera militar. El herido, sin ser otro, era el coronel Leoncio Prado, hijo natural del Presidente del Perú, don Mariano Ignacio Prado. (…) Cuando mi artillero vio herido a Prado, o a Pradito, como todos le nombraban en el Perú, se quedó mirándolo al oír la tranquilidad con que le dirigía la palabra. Y Pradito, con toda calma, le dijo: ‘Hazme un favor, dame un tiro aquí, en la frente. Pídale ese servicio a mi teniente Fuenzalida’, le contestó el soldado, y corrió a darme parte.

No pasó mucho tiempo y yo y otros soldados más, estábamos al lado del que fue mi pobre amigo el coronel Prado. ¡Qué hombre tan simpático, tan ilustrado y atrayente, compañero!; mire, encantaba conversar con él, de todo sabía, poseía el inglés y el francés lo mismo que el español; y con él podía usted hablar de artillería y tratar cuestiones guerreras a fondo, porque era hombre bien instruido, de estudio y muy sabido”.

Así se pasó todo el día 14 Leoncio Prado en la misma parihuana en que lo habían evacuado sus captores. Algo habría sospechado de su suerte, cuando notó que los cirujanos de las ambulancias chilenas se negaron a amputarle la pierna destrozada. Por la tarde le comunicaron que efectivamente, iba a ser fusilado por faltar a su palabra.

Aquí me detengo brevemente. Prado mandaba una pequeña unidad de caballeria ligera a la que bautizó como “Guerrilleros de Vanguardia”, y con la que peleó con el ejército regular en la Batalla de Tacna. Tras la derrota, cayó prisionero en Tarata con los restos de su tropa. Al ser reconocido por la oficialidad del sur como hijo del presidente, se salvo de ser ejecutado en el sitio de la escaramuza donde se le emboscó y fue enviado a la prisión chilena de San Bernardo, de donde regresó al Callao en 1882.

Al ser liberado, dio su palabra de honor de nunca más empuñar las armas en contra de Chile -tal cual está contemplado en la Convención de Ginebra, aunque este acuerdo dice también que a los heridos no se les fusila, pero me estoy desviando- y ese es el argumento que le dieron para meterle dos balazos al día siguiente.

El propio Fuenzalida le da la noticia. “En una guerra de invasión y de conquista como la que hacia Chile y tratándose de defender a la Patria, podía y debía empeñarse la palabra y faltar a ella (…) me he batido después muchas veces; defendiendo al Perú y soporto sencillamente las consecuencias. Ustedes en mi lugar, con el enemigo en la casa, harían otro tanto. Si sano y me ponen en libertad y hay que pelear nuevamente, lo haré porque ése es mi deber de soldado y de peruano».

Como ven, ya tenía asumido el trance. Pidió, como los otros oficiales peruanos prisioneros en la casa donde estaba acuartelada la artillería chilena, que se le saque a la Plaza de Armas de Huamachuco para ser ejecutado de acuerdo a las ordenanzas militares y la categoría de su rango. Gorostiaga se negó, insistiendo que “no eran más que montoneros irregulares”.

Agobiado por el dolor de su pierna estropeada, dice que si esa es la situación, le disparen directamente en su camilla, para que le ahorren la molestia de seguirlo moviendo de un lado a otro. Pide también que en vez de dos, sean cuatro los tiradores que se pongan al pie de su camastro. Dos que disparen a la cabeza y dos al corazón.

A las 7 de la mañana del domingo 15 de julio de 1882, un día como hoy hace 134 años, las tropas chilenas abandonan el pueblo para continuar la persecución de Cáceres. Atrás solo quedaban los piquetes de ejecución.

A todos nos han contado la historia de que a Leoncio Prado lo fusilaron luego de que él mismo mandara a hacer fuego, tras golpear 3 veces un pocillo de café (algunas fuentes apuntan a que era un ponche caliente de habas). Hay algunas versiones menos románticas que indican que simplemente, cuando se retiraban las fuerza de Gorostiaga, un oficial se acercó y sin más trámite le disparó en la cara con su pistola.

Esto posiblemente se deba a la versión de dos niños que entrevistados como adultos ya bien entrado el siglo XX, apuntaron que vieron muerto al héroe, muerto con un balazo sobre el ojo izquierdo. Bien puede haber sido el tiro de gracia, muy de la época, o bien pudo ser también el disparo de uno de los soldados que apuntó a la cabeza. Por desgracia no quedan muchos registros, ni siquiera en los partes oficiales chilenos, de qué fue lo que sucedió.

Lo que sí hay es la carta que le dejó Prado a su padre, el presidente, y cuyo facsímil está junto a este escrito.

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«Huamachuco, 15 de julio de 1883. Señor Mariano Ignacio Prado. Colombia. Queridísmo padre: Estoy herido y prisionero; hoy a las …. (¿qué hora es? preguntó. Las 8.25 contestó Fuenzalida) a las 8:30 debo ser fusilado por el delito de haber defendido a mi patria. Lo saluda su hijo que no lo olvida, Leoncio Prado».

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