Facebook , feis Lunes, 10 octubre 2016

¿Por qué no expulsan a los pedófilos y los llevan a la justicia?

figari

Escribe: Héctor Ponce

Hoy Figari, el creador del Sodalicio, dice que las víctimas a quienes violó no existen y uno espera que la Iglesia y los sacerdotes se pronuncien contra ese depredador sexual y otros pedófilos. Pero no sucederá. La cinta «El bosque de Karadima» da una pista de por qué la Iglesia oculta los abusos sexuales perpetrados en su seno.
Legiones de creyentes se alejan de la madre Iglesia y las autoridades católicas lloran calladamente, tosen en pañuelos de seda e invocan a Dios. No todos los clérigos se relamen al ver jovencitos, claro, no todos los beatos sueñan con bajarle los calzoncillos a los púberes, pero, entonces, ¿por qué no expulsan a los pedófilos y los llevan a la justicia? ¿Esperan la segunda venida de Cristo?

El autor de «El bosque de Karadima», Matías Lira, supone, con razón, que dentro de la Iglesia hay núcleos de psicópatas que chantajean a los clérigos. Tiene sentido. El Sodalicio, con las gravísimas denuncias, recibió evasivas y aquiescencia del Tribunal Eclesiástico del Arzobispado de Lima, y el actual jefazo del Sodalicio, Alessandro Moroni, ante las toneladas de evidencia contra el manicomio en que él se formó, pide perdón leyendo un telepronter y, con cara seria, condena moralmente a Figari. Es como si un lobotomizado por la familia Manson repudiara a Manson sin escapar de la familia Manson.

Los psicópatas, entonces, chantajean al clero. ¿Cómo? Por el voto de obediencia a las autoridades y porque los sacerdotes también se confiesan y la pandemia de secretitos que nace en los confesionarios, corre hacia las oficinas de la Iglesia Católica, hacia los núcleos de poderosos pederastas. Entre ellos se conocen uña y mugre, siendo uña y mugre risueñas fantasías, sanas masturbaciones, divinas poluciones nocturnas y humanos deseos eróticos.

Además de ocultar y estorbar las investigaciones contra pederastas, la Iglesia carga un fardo patético, la Iglesia mutila la condición humana. Su visión retorcida sobre el sexo, materializada en el Catecismo Católico, hace del erotismo una inmundicia. Por supuesto, ningún católico sigue completamente el Catecismo, pero sería sensato, coherente que un católico sepa que el club de viejos escleróticos que lo gobierna, detesta incluso el goce sexual en el matrimonio. Para el Catecismo un adulto casto es mejor que la manga de lascivos y fornicadores que no tienen otro remedio que casarse.

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