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Iván Lanegra sobre las elecciones 2016: “el 5 de abril nunca se fue”

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Imagen: vía La República

Escribe: Iván Lanegra

5 de abril de 1992. El último golpe de Estado de nuestra historia. El Presidente Alberto Fujimori, electo democráticamente, disolvió inconstitucionalmente el Congreso y tomó el control del aparato estatal con el apoyo de las Fuerzas Armadas y el Servicio de Inteligencia, informalmente a cargo de Vladimiro Montesinos. El Perú pasó a ser una dictadura. El objetivo del golpe no fue enfrentar un supuesto sabotaje del parlamento al ejecutivo. De hecho, el parlamento había aprobado gran parte de las reformas neoliberales que el gobierno planteó.

Pero el proyecto del fujimorismo era otro y decidió que la única manera de avanzar con él era deshacerse de los obstáculos institucionales que lo impedían, controlando todo el aparato público. El resultado -no previsto inicialmente- derivó en el Congreso Constituyente Democrático y la Constitución de 1993. La concentración del poder lograda nunca se perdió. Fujimori alcanzó la mayoría absoluta de congresistas en 1995.

Todo esto facilitó la comisión de los crímenes cometidos por distintos miembros del gobierno fujimorista, empezando por el propio Presidente y su asesor Vladimiro Montesinos. Ni siquiera estaban interesados en profundizar el programa neoliberal. Priorizaron el manejo arbitrario de las políticas públicas antes que desarrollar las reformas de segunda generación. Hoy es claro que el golpe tuvo objetivos políticos y criminales a la vez. Pero pocos reaccionaron el 5 de abril de 1992.

Es cierto que la sociedad estaba agotada tras la década de los 80. La de Abimael Guzmán, Fernando Belaúnde y Alan García. Pero también estaba harta de la política. Fujimori y Montesinos se aprovecharon de ello. Casi nadie salió a defender a parlamentarios y jueces. La imagen de Felipe Osterling -Presidente del desaparecido Senado- impotente en la Plaza Bolívar ante los soldados que impiden su ingreso al Congreso, resume todo.

Esto es siempre una advertencia en un escenario de instituciones que son miradas con profunda desconfianza. Los medios de comunicación, por su parte, terminaron aceptando la nueva situación. Pocos años después, cuando los efectos perversos de este hecho eran evidentes, muchos seguían defendiendo el auto-golpe.

Hoy es muy claro que la defensa de este golpe es inmoral. Tan claro que hasta la propia candidata fujimorista ha tenido que poner por escrito “Nunca más un 5 de abril”. Sin embargo, no podemos hablar del golpe como un hecho ajeno. Extraño. Esa no es la lección. El golpe de 1992 nos interpela como sociedad en su conjunto. ¿Cuál es la fortaleza -o precariedad- de nuestras convicciones democráticas? Lo ocurrido en estas anómalas elecciones debería llevarnos a dicha pregunta. El 5 de abril nunca se fue.

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