Facebook , feis , libertades , noticias , politica , redes sociales , sociedad , violencia Jueves, 4 enero 2018

Guía sencilla para que la próxima protesta contra el indulto logre arrinconar a PPK

Foto: Correo

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Escribe:  Omar Coronel*

Hay un debate sobre cómo protestar frente al (aún) gobierno de PPK. Hay compañeros que defienden la necesidad de que las marchas sean en todo momento pacíficas, siguiendo las reglas, y compañeros que rechazan el extremo pacifismo llamando la atención sobre su inutilidad y hasta funcionalidad al gobierno.
Por ejemplo, se ha criticado que los organizadores de la última marcha hayan aceptado un cambio en la ruta impuesto por el Ministerio del Interior la mañana del mismo 28 de diciembre. La ruta acordada en Asamblea un día antes, con representantes de diversas organizaciones en contra del indulto y de la corrupción, fue ir del centro de Lima hacia Miraflores, en una movilización parecida a las exitosas marchas contra la llamada Ley Pulpín a inicios de 2015. Como entonces, el objetivo era gritar las arengas y paralizar el tránsito en distritos que no están acostumbrados a ser escenario de protestas.
Protestar en el centro de Lima es rutinario, atrae a la prensa de siempre y ya hay una preparación para limitar los efectos de la marcha. Fuera del centro, tanto la policía como los comerciantes y vecinos no están tan bien preparados. Se genera más disrupción y bastante más atención de medios. Era por ello importante tomar esas calles. Y es por ello que el Ministerio no ofreció garantías si se decidía seguir esa ruta. Traducción: amenazó con gasear, golpear, y detener si nos salíamos de su ruta. ¿Hicieron mal los organizadores de la marcha en aceptar las condiciones del MININTER?
La protesta, por definición, tiene que ser disruptiva. Es la alternativa no-institucional cuando los canales institucionales están atrofiados. Una protesta totalmente institucionalizada, completamente legible al gobierno en su preparación y conclusión, se convierte en un desfile simbólico que, claro, reafirma a sus participantes y genera simpatía en su público de siempre (y quizás más allá), pero no amenaza al gobierno. Por el contrario, puede generar una sensación de control de la situación. El poder de la protesta está en amenazar al gobierno. A través de la interrupción de la producción y el comercio, la interrupción del tránsito, huelgas de hambre, la toma pacífica de locales, y la atención de la prensa nacional e internacional, el objetivo es interrumpir el orden normal de las cosas. Y con ello, forzar al gobierno a retroceder o negociar. Para todas estas acciones, el número de manifestantes es clave.
¿Es necesaria entonces la violencia? La disrupción no es necesariamente violenta. Hay una falsa dicotomía en señalar que la protesta o es pacífica (siguiendo a pies juntillas lo que ordena el MININTER) o es violenta (tirándole piedras a policías, quemando autos y edificios). Ambos extremos son contraproducentes para la protesta. Otra vez, el número de manifestantes es clave. Una protesta a la medida del MININTER, parametrada, desincentiva a posibles manifestantes que pueden ver en esa obediencia la causa ya perdida. Pero una protesta que llama al choque con la policía desincentiva también (y más) a posibles compañeros con menos experiencia y a compañeros mayores que ya no pueden correr tantos riesgos. ¿Para la marcha del 28, que fue encabezada por los familiares de las víctimas, era justo pedirles que vayan al choque? ¿Debían ir detrás, entonces? ¿La decisión del choque se resuelve con la posición de las organizaciones en la marcha?
Imagen: Exitosa

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Creo que en la marcha del 28 de diciembre, los organizadores, y en particular la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, fueron prudentes al aceptar las condiciones del MININTER. Se trataba del estreno de un nuevo ministro en pleno reacomodo de las relaciones de poder (con agentes del fujimorismo, en todas las esferas, envalentonados). En segundo lugar, la convocatoria fue a una marcha que prometimos pacífica. Cientos y quizás miles de esos 40 mil que marcharon el 28 marcharon por primera vez. Era imprudente mandarlos a desafiar una policía que no sabíamos qué tan duro podía reaccionar. Como bien ha recordado Rocío Silva Santisteban, cientos de peruanos han muerto en marchas en todo el país desde la transición. Tenemos que hacer todo lo posible porque no se produzca ni una sola muerte más.
Entonces, disrupción sin violencia. Es, reconozco, una zona brumosa. En principio, pasada la primera experiencia del 28, no se debe volver a dejar que el MININTER imponga los recorridos. Para ello, deberíamos organizarnos teniendo en cuenta este debate, y quizás presentar dos o tres opciones de recorridos, aprobados en Asamblea, y cerrarnos en ellos. Luego, si es que el MININTER no acepta ninguna opción, se debería denunciar públicamente su conducta autoritaria y seguir con una de nuestras rutas, como ha señalado mi compañero y amigo Omar Cavero. Abrirnos por nuevas rutas, en distritos no acostumbrados a las protestas ya es disruptivo. Hacer un plantón frente a la Confiep impidiendo el paso, o aprovechar la visita del Papa para visibilizar nuestra protesta son otras opciones. Pero luego puede venir el choque. Y ahí hay una tarea difícil para las organizaciones: impedir que sus miembros y simpatizantes ataquen a la policía.
La idea sería tener una ruta de repliegue y volver. Pero no comenzar una batalla campal con la policía porque tenemos todas las de perder en todos los sentidos. Sé que es una respuesta bastante insatisfactoria. La policía muchas veces ataca sin que provoquemos y hasta siembra armas para inculparnos. Pero creo que debemos pensar en esta dirección. En preparar estrategias disruptivas pero no violentas, para no alienar a posibles aliados y legitimar al gobierno y su represión.
*Omar Coronel es sociólogo de la Universidad Católica del Perú
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