Facebook , feis Lunes, 15 febrero 2016

«Julio Guzmán, ¿va o no va?», por Salvador del Solar

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En espera. Foto: La República

Escribe Salvador del Solar

Es impresionante lo vulnerables que somos a la influencia de nuestro entorno. Así como la dinámica de la calle alcanza a dominarnos y nos convierte en conductores agresivos o peatones precavidos o temerarios, también el clima político puede con nosotros y nos transforma: algo en nuestro interior se inhibe y en su lugar se activa una lógica distinta, impregnada de desconfianza, hostilidad, paranoia y hasta descaro.

Sin embargo, tenemos también la capacidad de ser nosotros quienes transformamos a nuestro entorno. Es difícil, por supuesto, pero no imposible. Cuando hace unos meses discutía con amigos sobre la aparición de un desconocido llamado Julio Guzmán, mi principal argumento a su favor era que, independientemente de por quién votemos, nuestra política necesita de más personas como él: gente preparada, bienintencionada, capaz de refrescar y elevar nuestra empantanada conversación política y de restaurar niveles mínimos de confianza y optimismo. Puesto en simple y con independencia de las tendencias: más Guzmán, más Mendoza, más PPK, más Barnechea; menos Acuña, menos Toledo, menos García, menos Fujimori.

Los spots iniciales de Julio Guzmán en las redes sociales apuntaban precisamente en esa dirección, señalando actitudes de nuestros políticos de las que estamos todos hastiados: basta de bailecitos, insultos, intrigas, trampas y prepotencia. Eso no va más. Creo que la contundencia de ese mensaje explica en parte, además de un trabajo de hormiga, el extraordinario crecimiento de este candidato en las preferencias de la gente.

Pero ahora que ha pasado del pelotón de los desconocidos a ser protagonista de la campaña; ahora que desde distintas esquinas se le investiga y cuestiona; ahora que trastabilla y se contradice, y que también se rectifica y se defiende; ahora que la presión crece y las papas queman es cuando más necesita demostrar Julio Guzmán que su comportamiento es efectivamente capaz de transformar nuestra política en lugar de revelarse como transformado por esta.

Los cuestionamientos del Jurado Nacional de Elecciones a su designación como candidato son ciertamente formales, pero son serios. Ya los reflejos de Guzmán, que advirtió de la presencia de una mano negra detrás de esto, dejaron entrever cuánto de la perversa lógica de nuestra política podría estarlo afectando. No sería raro, por supuesto, que quienes se beneficiarían de su eventual descalificación estén moviendo sus influencias para intentar asegurarse de que ello ocurra. Pero un candidato que de verdad pretende demostrar que nos merecemos una mejor política y que él es capaz de ofrecerla debería cuidarse de recurrir a las actitudes típicas de quienes no queremos (volver a) ver en el poder. Julio Guzmán tiene argumentos para defenderse. Pero, por encima de todo, tiene la oportunidad de definirse como un jugador de otro nivel y no como alguien imposible de diferenciar del resto.

Lo primero, entonces, es reconocer que es su propio partido el responsable de los errores formales en su designación sin caer en la tentación de victimizarse. Igualmente importante es procurar que sus seguidores no pretendan intimidar a los integrantes del jurado. Tienen todo el derecho de defender y alentar a su candidato, siempre que no sugieran que cualquier decisión en su contra supone una conspiración contra él o un atentado contra la democracia. Esas actitudes, de verdad, no van más.

Dicho todo esto, ¿debería Julio Guzmán continuar en carrera por representar efectivamente a su partido o, al contrario, debería quedar fuera por no haber cumplido con requisitos que, aunque formales, son exigencias de la ley al fin y al cabo?

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Esperando la respuesta del JNE. Foto: La República

No es una pregunta necesariamente fácil de responder.

No es como con César Acuña, en cuyo caso creo que la misma pregunta puede responderse sin dificultad: Acuña no debe seguir en carrera. No debería. En realidad, el propio candidato tendría que haber renunciado -lo mismo que quienes lo acompañan- ante la evidencia de un comportamiento sistemáticamente fraudulento.

Jurídicamente tendría lógica: si la Constitución considera a la incapacidad moral como causal de vacancia presidencial, un candidato cuya incapacidad moral se ha puesto de manifiesto al demostrarse que ha plagiado recurrentemente no puede calificar para el puesto. No hay mucho más que discutir sobre el fondo del asunto.

Existe, no obstante, la defensa desde el punto de vista formal: podría sostenerse que Acuña no mintió al indicar que tenía un doctorado de la Universidad Complutense de Madrid, pues esta institución efectivamente le otorgó dicho título. Puede que ahora sepamos que fue obtenido de manera ilegítima, pero formalmente cabría rechazar una objeción contra su candidatura por este motivo específico, ya que, estrictamente hablando, no mintió en su hoja de vida.

El caso de Guzmán sería el opuesto. Lo que la evidencia indica es que su partido no cumplió con una exigencia formal para la designación de su candidatura, por lo que sí cabría admitir una objeción contra la validez de la misma.

¿Qué debería suceder, entonces? ¿Que Acuña siga en carrera y Guzmán quede fuera? El sentido común nos impulsa a decir que un desenlace así sería absurdo. Y sin embargo, no son pocas las personas que sostienen, con sensatez, que el único camino hacia el verdadero desarrollo civilizado de un país es el que exige el estricto cumplimiento de las leyes. No estamos, pues, ante una pregunta de respuesta fácil o simple, sino ante una interrogante en la que diferentes valores aparecen enfrentados.

En mi opinión, la candidatura de Julio Guzmán no debería invalidarse. No porque ahora cuente con un respaldo capaz de llevarlo a segunda vuelta e incluso a la presidencia, sino porque las leyes no están hechas para interpretarse de manera literal y aislada, sino para entenderse como parte de un conjunto de normas que defienden principios, que persiguen propósitos y que buscan hacer respetar, en última instancia, ese sentido superior que llamamos justicia.

Así como hay una manera jurídica de sostener que César Acuña no debería continuar en carrera, pues no cuenta con la capacidad moral que el cargo demanda, existen también, me parece, argumentos para justificar la permanencia de Julio Guzmán en ella.

Estos argumentos no se basan en que el partido de Guzmán haya incumplido con exigencias meramente formales. No. Más de una persona se ha referido al caso de Alex Kouri como un ejemplo de cómo una mera formalidad puede efectivamente traerse abajo una candidatura. Pero este ejemplo es muy distinto. Y si bien no resulta aplicable al caso de Guzmán, sirve para entender por qué la candidatura de este no debe invalidarse, mientras que la de aquél fue correctamente impugnada: Kouri no cumplió con demostrar que su domicilio quedaba en la circunscripción de la que pretendía ser alcalde. Más allá de la formalidad, el asunto de fondo, aquello que el espíritu de la norma buscaba proteger, era que un ciudadano no puede postular a ser autoridad de una localidad en la que no ha residido por tiempo suficiente.

En cambio, el espíritu de las normas cuya formalidad el partido de Julio Guzmán no cumplió es el de garantizar que el candidato designado por un partido efectivamente represente la voluntad de los integrantes y autoridades del mismo, evitando que alguna maniobra perjudique a un candidato competidor al interior de la misma agrupación. Nada de esto ha sucedido en Todos por el Perú y es indiscutiblemente claro que el partido respalda a su candidato y ratifica su designación, aunque esta haya sido realizada sin completa conformidad con las formalidades legales. Nadie, entonces, ha sido perjudicado; y el objetivo final de la ley no ha sido en ningún modo amenazado.

Recuerdo que al comenzar mis estudios de derecho nos hicieron conocer el famoso decálogo del abogado, escrito por el prestigioso jurista uruguayo Eduardo Juan Couture. Uno de los preceptos que aconsejaba a los abogados decía: “Lucha: Tu deber es luchar por el derecho, pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia.” Se trata de un precepto que encuentro perfectamente aplicable a este caso.

Espero que Julio Guzmán siga en carrera. No he decidido aún mi voto, pero espero poder seguir teniéndolo como una de mis opciones.

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