Facebook , feis Sábado, 18 noviembre 2017

Malleus Maleficarum, ¿quién trajo al diablo aquí?

Escribe: Ybrahim Luna

Hubo un tiempo en que el Príncipe de las Tinieblas no era más que una representación bufonesca y deforme para asustar a los campesinos europeos que no querían reposar temprano y preferían las madrugadas para trabajar y consagrar algún pensamiento pecaminoso por las vecinas de la comarca. En aquellas situaciones, el humilde hombre de campo del siglo XII no requería más para librarse del ángel caído -representado normalmente por un enano deforme que sacudía la cama-, que volver a su rutina diurna y darse un buen baño de agua fría. Unos siglos más tarde, el escenario cambiaría radicalmente. Cientos de hombres y mujeres terminaron en la hoguera acusados de pactar con uno de los seres más poderosos y omnipresentes del universo: Satanás.

¿Qué pasó para que la Iglesia y la sociedad se tomaran en serio al diablo y le concedieran tal relevancia en la vida de todos? Robert Muchembled, historiador francés de la Universidad de París XIII, ensaya una respuesta en su extenso libro “Historia del diablo, Siglos XII – XX”. En dicha obra, y a través de análisis históricos, filosóficos y artísticos, elabora una teoría sobre cómo se le concedió tanto poder a un ser que en un momento de la historia parecía relegado y casi condenado a desaparecer.

Robert Muchembled

Robert Muchembled

Una forma de entender el fenómeno diabólico es hacer un seguimiento al arte. El arte es un medio que evidencia el pensamiento de una época. Y el arte, a través de la pintura, grabados y relatos, ignoró al diablo durante más de mil años. Y si el Maligno era representado, lo era más como humano que como entidad sobrenatural. La expansión de su oscuro poder fue progresiva sobre las culturas de la Edad Media. El tiempo y los intereses humanos cambiaron sus características.

En un inicio, el diablo podía ser burlado y vencido por cualquier hombre. Era un ser que frecuentaba la oscuridad y los lugares solitarios, pero que no desencadenaba el miedo de la humanidad entera. La naturaleza, el hábitat, el mundo de Satanás no poseía un orden jerárquico, ni misiones específicas y mucho menos deberes que cumplir. En los cuentos medievales, los astutos aldeanos que engañaban al Maligno eran los celebrados protagonistas. Hasta el siglo XII, incluso el teatro lo mostraba como un bufón fácil de ridiculizar.

EL BOSCO tríptico, parte derecha.

EL BOSCO tríptico, parte derecha.

Las cosas cambiaron a partir del siglo XIII, cuando Europa, y sobre todo sus monarquías, buscaban coherencia religiosa ante unas extendidas crisis políticas y de fe.

La acentuación de los rasgos negativos y maléficos del diablo se hacen más notorios a partir del siglo XIV. El discurso sobre Satanás cambia de dimensión en el mismo momento en que se ensayan nuevas teorías sobre la soberanía política. El miedo de los gobernantes a perder su poder aumentaba la sombra de cualquier figura maléfica para que el pueblo adoptase la idea de que todo trastorno del orden establecido no solo era un delito a pagar en esta vida, sino un pecado mortal con castigos eternos.

La imagen de Lucifer, como explica Muchembled, se hace más monstruosa a través de la pintura y las descripciones literarias, su tamaño es mayor y ocupa una obvia jerarquía, incluyendo su trono y su propia corona. Es el amo por encima de los demonios menores encargados de, por ejemplo, quemarles los pies a los infieles. Incluso en algunas representaciones llega a ser más llamativo que el mismo Jesús.

Lucifer

Lucifer

La idea de quienes tenían el poder era asustar y fomentar la obediencia religiosa, y hacer reconocer el carácter casi sagrado del Sistema: la ley provenía y se alimentaba de la moral. Se tenía que implantar en las personas la idea de que la justicia divina era implacable y que ya no había perdón para el pecador. Y si por su astucia, el hombre lograba burlar el castigo humano, no podría escapar del castigo divino en el otro mundo. La idea de un Dios castigador, a través del diablo, era clara y poderosa.

Pronto, los reyes y la Iglesia empezaron a obrar en nombre de Dios y con más dureza que hace unos siglos, cuando todo parecía más pagano y permisible. En el siglo XIV, el hombre común ya no podía engañar al diablo y menos burlarse de él porque el diablo era -de alguna extraña forma- un trabajador de Dios, el encargado de perseguir a los infieles: el látigo del Creador. Fueron los siglos donde la culpabilización individual se concreta para dejar una marca imborrable en las generaciones venideras. Pero el objetivo real de dicho movimiento fue coincidir con un “catolicismo conquistador” que empezaba a operar sobre los más alejados pueblos europeos.

A fines de la Edad Media, el diablo había copado casi todos los ámbitos culturales de una Europa cuyas autoridades buscaban consolidar sus cimientos de nobleza y monacales. Entre las afiebradas fantasías populares y la fecunda imaginación de los clérigos, el diablo era el amo absoluto de los miedos de hombres y mujeres, de reyes, nobles y aldeanos.

Entre el ocaso del siglo XIV y las primeras décadas del siglo XV, una nueva “ciencia” irrumpió como solución al caos establecido por los debates sin salida sobre el bien y el mal. Se trata de la “demonología”, rama entendida de la Iglesia que busca substituir el pensamiento vulgar por algo más sostenible. Aunque entonces Satanás era ya tan fuerte que podía poseer fácilmente los débiles cuerpos humanos, sean de hombres virtuosos o no.

Para salvaguardar a los pueblos azotados por las supuestas posesiones demoniacas, emerge un arma tan “efectiva” como brutal, el Malleus Maleficarum, entendido como un martillo para aplastar a las brujas. Se desataron entonces las famosas cacerías con el fin inicial de acabar con los terribles aquelarres, que no eran otra cosa que las desenfrenadas orgías de hombres y mujeres con demonios o con animales que representaban al Maligno.

Malleus maleficarum.

Malleus maleficarum.

El Malleus Maleficarum fue publicado por primera vez en 1487 y consta de 78 preguntas para identificar todo tipo de herejías, así como el “remedio necesario” para exterminarlas. Se conocieron 15 ediciones hasta 1520, unos 20 mil ejemplares repartidos estratégicamente por toda Europa antes de la Reforma. Lo que vino luego fueron unos 200 años de persecuciones y terribles ejecuciones públicas. Cientos o miles de personas perecieron en el fuego acusados de compactar con el mismo Príncipe de las Tinieblas. ¿Las pruebas del pacto? A menudo algún pensamiento disidente contra la Corona o la Iglesia.

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